Juliane Kopcke, una sobreviviente de altura

De todos los medios de transporte colectivo o en masa existentes, el transporte aéreo es sin dudas el más rápido, eficiente y seguro de todos. Pero nada es perfecto. O que lo diga Juliane Kopcke, quien tuvo una asombrosa experiencia que le marcó la vida para siempre. 

Por Emmanuel Amarilla

Corría la mañana del 24 de diciembre de 1971, cuando Juliane Kopcke, con 17 años en ese entonces, llegaba al aeropuerto Internacional Jorge Chávez de la ciudad de Lima – Perú, acompañada de su madre, la reconocida Ornitóloga Anna Kopcke. Ambas debían abordar el vuelo 508 de LANSA PERÚ con destino a la ciudad de Iquitos en la amazonia peruana, previa escala en la ciudad de Pucalpa, en su destino final los esperaba Hans-Wilhelm Köpcke, de profesión biólogo y padre de Juliane, quien los aguardaba para pasar juntos la navidad.

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Estaba muy contenta de terminar el curso y visitar a papi’ en su nuevo trabajo. Me prometió que íbamos a clasificar juntos las fichas de insectos y coleópteros andinos: cucarachas de 20 centímetros, hormigas urbícolas y nuevas especies de mariposas”, dijo Juliane Kopcke.

El vuelo 508 de LANSA PERÚ operado por un Lockheed L-188A Electra, bautizado como “Mateo Pumacahua”, partió con retraso del Aeropuerto Jorge Chávez casi llegando al mediodía. A bordo de la aeronave viajaban 93 personas, 86 pasajeros y 6 tripulantes.

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La aeronave traspasó los Andes a 7.000 metros con buen clima. Ya realizado su último reporte mientras sobrevolaba la ciudad de Oyón, 40 minutos después del despegue y ya adentrándose en cielos de la amazonia peruana, los pilotos observaron que se estaba gestado un frente de meteorología adversa, con nubes de tormenta bastante grande y peligrosa, por lo que decidieron entonces bajar el nivel de altura hasta los 6.000 metros, lo cual provocó una serie de turbulencias, generando la inquietud de los pasajeros.

Mientras el vuelo 508 avanzaba, la tormenta a su alrededor se volvía más y más peligrosa, ya con actividad eléctrica y las turbulencias que no dejaban de sacudir a la aeronave.

En ese momento, por los altos parlantes del avión, sonaría la voz de la tripulante de cabina que daría el mensaje que cambiaría la vida de Juliane para siempre.

Señores pasajeros, les informamos que la zona de turbulencias que estamos atravesando se debe a una importante tormenta sobre la selva amazónica. Abróchense los cinturones”

La situación se tornó critica cuando las vibraciones a causa de las turbulencias eran cada vez más violentas y los equipajes de mano se salieron de sus cubículos. La tripulación descendió a 4.000 metros y el piloto buscaba alternativas para un aterrizaje de emergencia.

Según relatos, ya en medio de la tormenta en curso, un rayo impacta sobre uno de los turbos propulsores del Lockheed Electra, específicamente del lado derecho, incendiando el tanque de combustible (hecho que nunca fue comprobado). El incendio forzó fallas estructurales en la aeronave, lo que la hizo partirse en dos en el aire, a nivel de la cola.

“El avión se partió en dos, justo delante mío a unas filas de la cola. Por momentos la ingravidez acompañó la sensación de vértigo de un abismo visible a nuestro alrededor. Mi madre desabrochó forzada su mano de la mía para no volver a tocarla viva nunca más.”, declaró Juliane Kopcke.

Juliane salió despedida del avión a 2.000 metros de altura, asegurada por su cinturón al asiento, y cayó sobre las copas de los árboles de la amazonia peruana, cuyas ramas y la densa vegetación amortiguaron el impacto hasta el suelo. Estuvo inconsciente unas 3 horas, y cuando despertó se encontraba en tierra, debajo de su butaca, y rodeada de la más densa selva. El hecho de haber caído con su butaca, y que ésta cayese sobre la espesa vegetación, le salvó la vida.

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“Me desperté sentada en el mismo asiento, como iniciando otro viaje pero, esta vez, al infierno. Había tres cuerpos desmembrados a mi alrededor, creía que se trataba de una pesadilla y me volví a dormir por unos instantes. Cuando creí volver en mí me atraganté de realidad. Cuerpos inertes colgaban de los árboles, hierros, asientos, ropas y maletas desparramadas por la selva, humo, mucho humo y crepitar de combustiones desperdigadas hasta donde la espesura de la jungla dejaba distinguir.” – Juliane Kopcke.

Increíblemente, tras esa caída Juliane solo tenía heridas leves como un corte en el brazo, una herida en su hombro, un ojo morado y una clavícula rota.

Ahora Juliane comenzaba la segunda aventura más importante de su vida, Juliane se aferró a la vida y salió a buscar la forma de salir de la selva, sin saber que a 600 kilómetros a la redonda solo encontraría vegetación y selva.

Recordando los consejos que su padre le había dado de supervivencia, Juliane encontró un arroyo, el cual lo siguió con la esperanza de encontrar algún rastro de civilización.

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Tras diez días de intensa caminata por la jungla, finalmente llegó a un río navegable y caminó por manglares y la orilla hasta dar con una canoa a motor y una choza, que servía de refugio para cazadores. No quiso robar la canoa, por lo que esperó varias horas hasta que los propietarios llegaran de vuelta. Entretanto, y dado que su cuerpo ya presentaba rastros de larvas de moscas, para intentar limpiar la herida, se roció combustible en el.

A la mañana siguiente, unos cazadores que eventualmente transitaban por dicho lugar la encontraron en el refugio. La llevaron hasta su aldea, donde le dieron comida y le curaron las heridas más graves. Al día siguiente, Juliane fue llevada en canoa durante diez horas de viaje hasta el pueblo de Tournavista, donde le trasladaron en avión hasta Pucalpa para ser internada en el hospital. Allí, se reunió con su padre en un emotivo reencuentro.

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Con las indicaciones de Juliane, se pudo llegar al avión siniestrado y se observó la tragedia en primera persona. Cerca del lugar donde cayó Juliane, se encontró la parte delantera casi intacta del avión, se dice que otras 13 personas habrían sobrevivido a la caída, incluyendo al piloto, pero fallecieron luego por otras causas.

Tuve pesadillas durante muchos años, muchas por supuesto sobre la muerte de mi madre y de otras personas una y otra vez. La pregunta “¿fui yo la única superviviente?” resuena todavía en mi cabeza. Y lo hará para siempre.” – Juliane Kopcke.

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Luego del accidente del vuelo 508 de LANSA PERÚ, Juliane regresó a Alemania, donde se recuperó de sus heridas y terminó sus estudios obteniendo su título en Zoología y Biología en 1987, especializándose en murciélagos. Actualmente trabaja en la bibliotecaria en la colección de zoología de Bavaria – Múnich.

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