Dos TBM vuelan al polo sur magnético y reciben distinción internacional

Esta validación la otorga la Fédération Aéronautique Internationale de Francia, una de las principales asociaciones de aviación del mundo.

Los monomotores volaron 5.000 kilómetros partiendo de Punta Arenas, Chile, rumbo a 75 grados con orientación sur, latitud exigida para el diploma. La operación conducida bajo temperatura media de -49° C y vientos intensos constantes, requirieron tres escalas. El continente de 13 millones de kilómetros cuadrados cubierto de hielo es casi dos veces el tamaño de Brasil, es inhabitado y el terreno se eleva con picos de hasta 4.800 metros.

El pasado 1 de enero, desde Punta Arenas, los aparatos llegaron al aeropuerto Teniente Rodolfo Marsh Martin, en la isla King George, el punto más al norte de la Antártida. El pequeño aeródromo posee una pista de 1.290 metros de largo, permitiendo un aterrizaje confiable. Al día siguiente, la misión continuó hacia el suroeste volando 1.494 kilómetros hasta la base británica de Survey Sky-Blu. Una vez alcanzada la latitud sur de 75 grados, el equipo se dirigió hacia el Polo Sur magnético, antes de regresar al aeropuerto de Saint George.

Ph: TBM

“Hemos tenido el desafío de evitar la congelación del combustible debido a las temperaturas extremadamente bajas, por lo que utilizamos más Prist (inhibidor de formación de hielo del sistema de combustible) que lo habitual”, dijo el piloto Sebastián Díaz.

Los dos TBM tuvieron como tripulación a padres e hijos. El comandante chileno Díaz voló el TBM 850 con su padre Patricio, de 88 años y su hijo Sebastian Jr. Mientras tanto, el estadounidense Dierk Reuter voló el TBM 930 con su hijo Alex. Las aeronaves también transportaron cámaras, un sistema de rastreo en vuelo y conectividad con el satélite GO de Iridium.

“El viaje desde mi ciudad natal, Chicago, en Estados Unidos, hasta la Antártida y retorno, puede ser resumida en números: 34.784 kilómetros volados en 64 horas, con 3.080 galones de combustible y 19 escalas”, contó Dierk Reuter.

La finalidad de esta travesía, aunque carecía de tal fin realmente, ayudó a confirmar lo que Pitágoras dijo en el siglo VI A. C., lo que ya sabíamos, que la Tierra es redonda.

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