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La aviación, triste protagonista del 11 de setiembre

Por Ricardo Delpiano

Desde 2001 a la fecha, la aviación ha sido protagonista y a la vez testigo de los cambios que se han generado en el sistema internacional cada vez más unimultipolar que los años previos a “ese día”.

Ha sido protagonista porque en estos 15 años ha conseguido transformarse y avanzar hacia niveles nunca antes vistos. Hoy los nuevos modelos de negocios de las líneas aéreas están por doquier, existen nuevos aviones que operan en distintos lugares o nos trasladan entre continentes en rutas de más de 16 horas de viaje sin escalas. También hay mejores prácticas en seguridad, simplificación de sistemas y procesos, más eficiencias en cualquier aspecto, además de una altísima capacidad de innovación que nos sorprende día a día y que lo seguirá haciendo.

Todo lo anterior, entre numerosos aspectos más que se podrían mencionar, hacen que el avión sea un medio de transporte más cotidiano, más accesible para toda la población, garantizando una efectiva conectividad que aporte mayor desarrollo económico y social a las personas, sus comunidades, sus culturas y sus países.

Pero también, el transporte aéreo ha sido testigo de las consecuencias que significó el 11-S, especialmente en temas de seguridad, y no en lo referente a temas técnicos-operacionales (conocido también como safety), sino a todo a lo relacionado con políticas asociada a ese concepto (security) que emana de los Estados y del cual la aviación es prácticamente una receptora.

El tema de seguridad es un área que ha llevado a la industria en conjunto a nuevos límites y fronteras, obligando a replantear todo lo que antes se había concebido. Sin embargo, pese a las medidas y acciones realizadas por los Gobiernos -sean del tipo normativo como de medidas de fuerza-, es sigue siendo un tema sensible, frágil y sin una pronta solución, más aún cuando en el mundo actual emergen nuevas fuerzas que son capaces de desafiar a los Estados en distintos frentes.

El ataque al aeropuerto de Bruselas o los atentados en Francia, en Europa son una muestra de ello, pero también lo son amenazas de distinta índole presentes en cualquier parte del mundo, incluso también en Latinoamérica. El robo a un camión blindado en el aeropuerto de Santiago de Chile fue una muestra de cómo una acción criminal –que podría considerarse como simple, lejos de un atentado terrorista de gran envergadura o asociado a un fanatismo particular- puso en jaque a organismos, que al igual como ocurrió en Estados Unidos en 2001, se consideraban invulnerables.

A 15 años del 11-S todavía existen importantes desafíos que la aviación y principalmente los países deben avanzar. Frente al surgimiento de nuevas amenazas, los Estados deben tener la capacidad y la voluntad de tomar las riendas a través de esfuerzos colaborativos que permiten anticiparse realmente a posibles nuevos escenarios, siendo capaces que brindar lo que sus ciudadanos anhelan: seguridad. En ese trabajo, sería interesante que los Gobiernos recojan experiencias de la propia industria aérea y de cómo esta ha conseguido fortalecerse a través de políticas de cooperación –que si bien todavía pueden ser más- para conseguir resultados en el cambiante nuevo mundo global.

Se dice que toda crisis es una oportunidad. Y así como lo fue para la aviación, que supo reinventarse, aprender y crecer a niveles nunca antes vistos, saliendo incluso de la mayor crisis de su historia, también pueden ser para los ciudadanos, los pueblos y los Gobiernos. Si bien es iluso pensar que un Gobierno o Estado puede terminar con el terror o brindar una seguridad total, puede dar pasos importantes en la mitigación de amenazas o conflictos. Sólo hace falta la voluntad y la disposición para hacerlo y es quizás eso, la gran oportunidad que hoy está pendiente.

Gander, el pueblo de Canadá que fue protagonista inesperado de los ataques del 11S

El aeropuerto de Gander recibió durante cuatro días cerca de 38 aeronaves que traían 6.800 personas a bordo. De repente el firmamento de Gander –una remota localidad ubicada en el noreste de Canadá– comenzó a llenarse de aviones que deseaban aterrizar en su pequeño aeropuerto.

Una cantidad desmesurada para las modestas instalaciones, acostumbradas a recibir un promedio de siete aeronaves al día.

Eran las once de la mañana del martes 11 de septiembre de 2001 y el gobierno de Estados Unidos había declarado la emergencia sobre sus cielos. El aeropuerto de Gander recibió durante cuatro días cerca de 38 aeronaves que traían 6.800 personas a bordo.


Los buses escolares fueron utilizados para transportar a los pasajeros desde el aeropuerto hacia el centro de la ciudad.

Una cantidad desmesurada para las modestas instalaciones, acostumbradas a recibir un promedio de siete aeronaves al día.

Eran las once de la mañana del martes 11 de septiembre de 2001 y el gobierno de Estados Unidos había declarado la emergencia sobre sus cielos.

La razón: los dos ataques con aviones comerciales en contra de las Torres Gemelas del World Trade Center, en Nueva York.
Luego del ataque, el cielo estadounidense quedó cerrado para cualquier avión comercial. Y eso incluía las aeronaves que se aproximaban desde Europa hacia distintas ciudades de EE.UU.

“Nos avisaron que el espacio aéreo de EE.UU. estaba cerrado y que iban a desviar algunos aviones hacia nuestro aeropuerto”, dijo Bryan Higgs, uno de los encargados de la seguridad del Aeropuerto Internacional de Gander.

Esos “algunos” resultaron ser 38 aviones dedicados a vuelos transatlánticos. Y en un lapso de cuatro horas, la apacible población de Gander pasó a tener 6.800 refugiados, quienes debieron esperar en tierra durante casi dos días antes de poder seguir su viaje o regresar por donde habían venido.

6.800 personas en un pueblo que sólo tenía 500 camas disponibles para alojamiento y cuya población estable ni siquiera duplicaba en número a los recién llegados: 9.000 para esa fecha, unos 11.000 habitantes hoy.

Pero la emergencia impensada fue suficiente para que todo un pueblo mostrara su generosidad y hospitalidad con los estadounidenses y con personas de varias partes del planeta que viajaban aquel 11 de septiembre hacia EE.UU.

“Por las noticias nos dimos cuenta de la gravedad de los hechos: dos aviones se habían estrellado contra el World Trade Center. Pero lo cierto es que nadie en los aviones que iban desviando hacia aquí tenía acceso a esa información”, relató Higgs.

La localidad canadiense solo podía albergar 500 personas en sus alojamientos. Muchos tuvieron que dormir en iglesias y colegios. En el aire, los pilotos y los pasajeros solo sabían que tenían que aterrizar en el primer aeropuerto que encontraran. Y para 38 aeronaves, ese lejano punto ubicado justo debajo del ártico fue el lugar para hacerlo.

La pista de la localidad canadiense no era ajena al flujo de esos enormes aparatos. Años atrás, cuando los jumbos no tenían la capacidad de traspasar el Atlántico de un solo envión, paraban en Gander para reabastecerse y seguir su ruta hacia Europa. Su aeropuerto se construyó a comienzos del siglo XX, dada la conveniencia de su situación geográfica: casi en el extremo noreste del todo el continente norteamericano.

De hecho, este paraje en la isla de Newfoundland y a unos 2.500 kilómetros de la capital Ottawa, fue un punto estratégico en el camino de las tropas aliadas hacia territorio enemigo durante la II Guerra Mundial.

Las donaciones no se hicieron esperar: agua, alimentos no perecederos y medicinas se almacenaron en el coliseo de la escuela primaria.

Pero la tecnología había transformado aquello: los aviones ya no necesitaban detenerse allí antes de aventurarse por los límites del círculo polar ártico y Gander se convirtió en un aeropuerto histórico, con un promedio de apenas siete vuelos diarios de tipo comercial, más los privados o de pequeña escala.

Hasta ese 11 de septiembre, que se convirtió en el primer aeropuerto en norteamérica para las rutas que llegaban desde el Atlántico.

“Tuvimos que estacionar todos esos aviones, desde los enormes 747 hasta algunas aeronaves militares, en la pista del aeropuerto e iniciar un plan de emergencia para atender a todas las personas que estaban llegando a Gander”, explicó Higgs.

“Por ejemplo, adaptamos una sala de espera para acondicionarla como oficina de inmigración y otra como recepción de aduanas”, añadió.

Lo que todos tenían claro –pasajeros y locales– es que nadie sabía cuándo podrían volver a levantar vuelo y llegar a su destino.

Por esa razón, las autoridades del pueblo dispusieron un centro de atención e instalaron un alojamiento temporal en el coliseo de la primaria.

A los niños que cumplían años por esos días de septiembre de 2001 se les celebró una fiesta con tortas cocinadas por los vecinos de Gander.

“La reacción fue sobrecogedora. Muchas personas vinieron hasta la alcaldía y las iglesias para ofrecer su ayuda en la preparación de alimentos, otros donaron ropa porque muchos no tenían acceso a sus maletas, aportaron colchones, etc”, relató Carl Richardson, uno de voluntarios que trabajó durante esos días con el Ejército de Salvación de Gander.

“Todo el pueblo se puso a disposición de esta emergencia. Fue una verdadera muestra de solidaridad”, añadió.

Incertidumbre

A pesar de la cálida bienvenida de los canadienses, los pasajeros no tardaron mucho en darse cuenta del horror que se había vivido en Nueva York en la mañana de aquel 11 de septiembre: las pantallas de televisión mostraban una y otra vez la secuencia macabra de las aeronaves estrellándose contra la piel plateada de las torres.

Y en las fotografías que publicaron en aquel entonces los medios locales de Newfoundland se puede ver el rostro de alivio de algunas personas que estaban varadas en aquella localidad.

Sin embargo, solo tenían el plano general de los hechos aportado por las noticias. La información sobre casos particulares era escasa.

Y aún allí, la hospitalidad no faltó.

Uno de esos casos era el de la pareja de esposos Dennis y Hannah O’Rourke, quienes viajaban desde Dublin, Irlanda, hacia Nueva York y tuvieron que hacer aquella escala obligada en Gander.

“No sabíamos que nuestro hijo Kevin, quien trabajaba como bombero, había sido uno de los primeros en atender la emergencia en la torre sur cuando fue atacada”, le dijo Hannah a la cadena de noticias CBS.

En Gander fueron recibidos por Beulah Cooper, quien no solo les ofreció una cama para dormir y buena comida casera, sino que –según cuentan– fue además una buena compañía durante aquellos días de zozobra en que no tenían ninguna noticia sobre Kevin.

Muchos de los habitantes de Gander se vistieron de payasos para animar a los niños que se quedaron en tierra durante esos cuatro días.

“Solo cuando volvimos a Nueva York supimos que Kevin había muerto cuando la torre colapsó. Por eso no podemos olvidar el consuelo y el afecto que Beulah nos dio durante esos días en Gander”, dijo Hannah.

Greg Seaward, actualmente funcionario del gobierno de Gander, recuerda que, a pesar de la atmósfera lúgubre que se sentía en el vecino Estados Unidos, durante esa semana en Gander se vivió un ambiente de fiesta, de música, de alegría.

“Las primeras horas fueron un reto para todos, pero a medida que pasaron los días, ver tanta gente en el pueblo hizo que se convirtiera en una especie de festival”, dijo Seaward.

Del colegio se sacaron los instrumentos musicales y la gente ocupó las esquinas del pueblo para entonar varias melodías.

“Varios vecinos hornearon tortas para celebrar el cumpleaños de los niños en el coliseo del colegio. Recuerdo que otros se disfrazaron de payasos y estuvieron en la fiesta”, detalló Seaward.

Los buses escolares fueron utilizados para transportar a los pasajeros desde el aeropuerto hacia el centro de la ciudad.

Y añadió: “Éramos en ese entonces unas 9.000 personas en Gander y, de repente, por un evento que no esperaba nadie, ese microcosmos recibió 7.000 personas más. Fue algo tremendo”.

El adiós

Entre el 14 y 15 de septiembre la operación “Cinta Amarilla” (Yellow Ribbon Operation), como se había denominado a la orden de desviar los aviones hacia Canadá, se dio por finalizada y las aeronaves comenzaron el proceso de retomar su camino.

“Fue un reto para nosotros, porque la mayoría de las aeronaves estaban estacionadas en la pista, pero de forma ordenada logramos crear un sistema para que todos los aviones salieran sin problemas”, explicó Higgs.

En pocas horas el pueblo se vació y de nuevo regresó al curso habitual de sus días. Pero todos sabían que algo extraordinario había pasado.

“Recuerdo que al poco tiempo vino a celebrar su matrimonio una pareja que se había conocido durante esa semana en Gander. Nos dijeron que lo que había pasado aquí nunca lo podrían olvidar”, narró Seaward.

El ataque a las torres gemelas obligó al cierre del espacio aéreo estadounidense aquel 11 de septiembre de 2001.

Y con el tiempo la hospitalidad de los habitantes de Gander se convirtió en leyenda: fue registrada en los principales diarios del mundo como The New York Times y el tema de la película “Diverted” (“Desviados”), estrenada en 2009.

BBC Mundo